«La ensoñación, su amiga,
desde los días de cuna,
embellecía para ella
el transcurrir del ocio rural con sueños.
Sus delicados dedos
no conocían agujas ni sabían inclinarse sobre el bastidor;
con un dibujo de seda,
no daba vida a las telas.
El indicio del deseo de gobernar:
la niña, con su obediente muñeca,
se prepara jugando
para la decencia y las leyes del mundo,
y repite solemnemente con ella
las lecciones de su madre»
A. S. Pushkin, «Eugenio Oneguin»
desde los días de cuna,
embellecía para ella
el transcurrir del ocio rural con sueños.
Sus delicados dedos
no conocían agujas ni sabían inclinarse sobre el bastidor;
con un dibujo de seda,
no daba vida a las telas.
El indicio del deseo de gobernar:
la niña, con su obediente muñeca,
se prepara jugando
para la decencia y las leyes del mundo,
y repite solemnemente con ella
las lecciones de su madre»
A. S. Pushkin, «Eugenio Oneguin»