—Eh, Petka —dijo Chapáyev—, te lo explico y te lo explico. Toda forma es vacío. Pero ¿qué significa eso?
—¿Qué?
—Significa que el vacío es toda forma. Cierra los ojos. Ahora ábrelos.
No sé cómo describir con palabras ese segundo.
Lo que vi era algo parecido a un

flujo luminoso de todos los colores del arcoíris, un río inconmensurablemente ancho que comenzaba en algún lugar del infinito y se perdía en ese mismo infinito. Se extendía alrededor de nuestra isla en todas direcciones, hasta donde alcanzaba la vista, pero aun así no era un mar, sino precisamente un río, un flujo, porque tenía una corriente claramente perceptible.
La luz con la que nos bañaba a los tres era muy brillante, pero no había nada cegador ni aterrador en ella, porque al mismo tiempo era gracia, felicidad y amor de fuerza infinita; en realidad, esas tres palabras, vulgarizadas por la literatura y el arte, son completamente incapaces de transmitir nada.
Bastaba con contemplar aquellas luces y chispas multicolores que surgían constantemente, porque todo aquello en lo que podía pensar o soñar formaba parte de ese

flujo irisado; o, para ser más exacto, ese flujo irisado era todo cuanto podía pensar o experimentar, todo cuanto podía ser o no ser, y yo sabía con certeza que no era algo distinto de mí. Él era yo, y yo era él. Siempre había sido él, y nada más.
—¿Qué es esto? —pregunté.
—Nada —respondió Chapáyev.
—No, no me refiero a eso —dije—. ¿Cómo se llama?
—De distintas maneras —respondió Chapáyev—. Yo lo llamo el río convencional del amor absoluto. Abreviado: uRAl. A veces nos convertimos en él y otras adoptamos formas, pero en realidad no existen ni formas, ni nosotros, ni siquiera los Urales. Por eso dicen: nosotros, las formas, los Urales...
«Chapáyev y el vacío»
Víktor Pelevin /Tercer libro de Víktor Pelevin, escrito en 1996. El propio autor caracteriza su obra como «la primera obra de la literatura mundial cuya acción transcurre en el vacío absoluto»./
