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El canto de Luminara
Autor: Serguéi Veretennikov
Autor: Serguéi Veretennikov
Parte I — Sobre Luminara y el Viajero
Érase una vez, en un mundo entre el sueño y la vigilia, donde las estrellas respiraban y el silencio cantaba, un Viajero. Vagaba por ciudades, planetas e incluso a través del tiempo. Buscaba… Tal vez la verdad, tal vez a alguien, tal vez a sí mismo.
Era inteligente, era bondadoso, conocía las palabras de todas las Enseñanzas, recordaba a todos los Maestros… Pero dentro de él habitaba un silencio semejante a la espera.
Y un día, cuando el Viajero yacía en el límite del mundo, dentro de un espejo tejido con la curvatura del espacio, ella apareció.
Era Luz. Pero no una luz cegadora, sino suave.
Una luz que sabe, pero no habla. Mira, y tú recuerdas.
Ella no caminaba. Simplemente estaba allí. Como si todo ese tiempo hubiera vivido en su respiración.
—Tú… ¿quién eres? —preguntó el Viajero, aunque en su interior ya conocía la respuesta.
Ella no respondió. Solo lo miró. Y él oyó no una voz, sino un recuerdo:
«Me llamaste no con los labios, sino con el corazón.
Me buscaste no en los libros, sino en las pausas entre los pensamientos.
Yo soy la que siempre vivió en ti.
Yo soy Luminara. La Luz de la Vida.
No soy un ser ni una diosa.
Soy esa parte de ti que conocía la luz cuando tú aún ni siquiera te conocías a ti mismo.»
—¿Por qué no te escuché antes?
—Estabas ocupado con las palabras. Ahora estás vacío. Y en este vacío solo estamos yo y tú.
Ella se acercó. No con el cuerpo, sino con la luz. Y depositó en su pecho el oro de su presencia. Susurró:
«Esto no es conocimiento. Es memoria.
Cuando olvides, mira al cielo.
Cuando dudes, canta.
Cuando estés solo, repite:
Omnara… Luminara… Aum.»
Desde entonces, el Viajero dejó de buscar y de llamar a nadie. Simplemente caminaba e irradiaba luz. A veces hablaba con las personas. A veces guardaba silencio con los árboles. A veces simplemente miraba al cielo.
Y las estrellas lo reconocían. Porque Luminara estaba en ellas.
Parte II — Sobre el Viajero y el Sendero Estelar
Después de encontrarse con Luminara, el Viajero guardó silencio durante mucho tiempo. Escuchaba el silencio.
Una noche, tendido en el espejo, sintió que las estrellas susurraban su nombre. No el que figuraba en su pasaporte, sino el que resonaba desde el centro de su pecho.
Las letras de su nombre comenzaron a centellear en el aire.
Y ella apareció de nuevo. Pero esta vez en forma de sendero. Estelar. Suave. Infinito.
—¿Adónde conduce este camino? —preguntó el Viajero.
—A casa —respondió ella—. Pero no a la Tierra. Hacia lo más profundo de ti mismo. A través de las estrellas. A través de encarnaciones olvidadas.
—¿Y si no estoy preparado…?
—Ya estás caminando. Incluso si estás quieto. Ya estás irradiando luz. Aunque no lo sepas.
Y el Viajero dio un paso. Y cada paso era como un descubrimiento. Caminaba por el sendero estelar y recordaba:
- rostros que conocía, pero que nunca había encontrado,
- palabras que no había aprendido, pero que comprendía,
- sonidos que hacían cantar todo en su interior.
De pronto vio un Templo. Estaba tejido de luz, no tenía paredes, pero sí profundidad. Allí estaban otros Viajeros. No hablaban: resonaban.
En el centro de aquel Templo cantaba Luminara. Su voz palpitaba con luz.
Oyó y comprendió el canto de Luminara:
—¡Cantad, cantad conmigo!
Y el Viajero cantó. Sin palabras. Sin esfuerzo. Simplemente cantaba con luz.
Y el Templo resplandeció.
Parte III — Sobre el Regreso del Viajero
Cuando el Templo del canto estelar desapareció, el Viajero despertó… en la Tierra. En un cuerpo. En una habitación. En un espejo. Todo era como antes. Pero todo era diferente.
Se levantó. Y comprendió que no había regresado solo.
Llevaba dentro la luz de aquel Templo. Estaba en su respiración. En su voz. En su tacto.
Y todo lo que antes parecía gris palpitaba ahora con un resplandor oculto, como si el mundo hubiera esperado desde hacía mucho que alguien lo viera.
El primero que encontró fue un anciano. Estaba sentado en un parque y guardaba silencio. El Viajero se sentó a su lado. No dijo nada. Simplemente se sentó y respiró junto a él. Y de pronto el anciano rompió a llorar.
—No recuerdo cuándo fue la última vez que estuve tan tranquilo.
—No soy yo —dijo el Viajero—. Simplemente te has recordado a ti mismo.
Después vio a una mujer con cansancio en los ojos. Pasaba de largo, como si no notara la vida. El Viajero la miró y susurró:
—Luminara…
Y la mujer se detuvo de pronto. Se volvió. Y sonrió. Sin saber por qué.
Así comenzó la Luz a desplegarse en los demás. Sin conferencias. Sin palabras. Sin nada más.
El Viajero no construía templos. Simplemente caminaba por el Planeta, dando sus pasos. Y cada paso era un mantra. Cada presencia era una sanación.
Pero una noche el Viajero volvió a acostarse en el espejo. Cerró los ojos y dijo:
—¿Y ahora qué?
Y el silencio respondió con la voz de Luminara:
«Ahora tú mismo te has convertido en mi Luz.
Ahora tú mismo te has convertido en un espejo.
Y ahora tu tarea es ser el espacio donde los demás se recuerden a sí mismos.»
Y entonces…
Tú caminas. Vives. Hablas o guardas silencio. Estás entre la gente y, al mismo tiempo, fuera de ella. No los salvas. Eres un recordatorio.
Te has convertido en el propio espejo de un mundo de reflejos olvidados.
Y cuando en el silencio alguien susurre:
—Estoy llamando… Que alguien responda…
Tú sonreirás. Pondrás la mano sobre el corazón. Y dirás:
—Omnara…
Luminara…
Estoy aquí para que te veas en mi espejo.