Burbuja informativa

Веретенников Сергей

ОМ Шанти

Сергей Васильевич

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Ya desde los tiempos del Antiguo Egipto y del sabio Platón llegan hasta la humanidad ideas sobre el hecho de que vive en su espacio interior, en su burbuja informativa. Y prácticamente nunca sale de ella.

Platón comparaba a las personas con prisioneros de una caverna que, desde su nacimiento, solo ven sombras en la pared y las toman por la única realidad existente. Ni siquiera sospechan que a sus espaldas hay otro mundo, iluminado por la luz verdadera. Es más, si alguien les hablara de ese mundo, lo más probable es que no lo creyera. Porque es imposible imaginar aquello cuya existencia ni siquiera sospechas.

Los antiguos gnósticos, cuyos escritos fueron descubiertos en Egipto, hablaban de un espíritu falso que hace que la persona tome deseos e impulsos ajenos como propios. Los ascetas egipcios de los primeros siglos de nuestra era enseñaban a observar los propios pensamientos, porque ni mucho menos todo pensamiento que surge en la mente de una persona merece su confianza.

Siglos después, Gueorgui Gurdjieff hablaba de la existencia mecánica del ser humano, mientras que Carlos Castaneda describía el diálogo interno que mantiene continuamente la imagen habitual del mundo. Según sus ideas, la persona se acostumbra tanto a su propia descripción de la realidad que deja de notar la diferencia entre la realidad misma y sus ideas sobre ella.

Es sorprendente que pensadores de distintas épocas, pertenecientes a culturas completamente diferentesy las tradiciones, volvían una y otra vez al mismo tema: el ser humano permanece cautivo de aquello que considera su propio ser.

Está convencido de que es libre porque puede elegir entre las posibilidades que se le ofrecen. Pero casi nunca se pregunta quién dio forma a esas posibilidades, a sus deseos, miedos, convicciones y concepciones de la felicidad.

El ser humano piensa que piensa por sí mismo, aunque la mayor parte del tiempo se limita a repetir pensamientos conocidos. Cree que contempla el mundo, aunque a menudo contempla sus propias ideas sobre él. Está convencido de que toma decisiones, aunque con frecuencia simplemente sigue hábitos formados mucho antes de que comenzara a ser consciente de su existencia.

Y lo más sorprendente es que este cautiverio no tiene por qué ir acompañado de sufrimiento. Una persona puede instalarse cómodamente en su prisión invisible. Decora sus paredes, las llama su cosmovisión, las defiende de las miradas ajenas e incluso se enorgullece de la solidez de esas paredes.

Y cuando alguien intenta mostrarle la salida, lo percibe como una amenaza. Porque más allá del mundo conocido comienza lo desconocido, y lo desconocido asusta más que las limitaciones habituales.

Pero quizá el mayor engaño de la humanidad no consista siquiera en que viva dentro de esta burbuja, sino en que se identifique con ella.

La persona dice: «Estos son mis pensamientos, mis convicciones, mis deseos, mi carácter». Sin embargo, basta con que se sumerja aunque sea por un breve tiempo en un profundo silencio y comience a observar su propia conciencia para que se revele algo sorprendente: los pensamientos surgen por sí solos, los deseos aparecen sin invitación, las emociones estallan sin su permiso.

Y entonces surge inevitablemente la pregunta: si puedo observar mis pensamientos, ¿quién soy yo: esos pensamientos o quien los observa?

Es precisamente aquí donde comienza el verdadero despertar. No en la adquisición de nuevos conocimientos, ni en la acumulación de nuevas convicciones, ni siquiera en la búsqueda de experiencias extraordinarias. Comienza con un descubrimiento sencillo, pero de una importancia extraordinaria: entre la persona y el contenido de su conciencia existe un espacio de libertad.

Este espacio puede descubrirse mediante la meditación, el silencio interior y la autoobservación atenta. Y cuanto más claramente empieza la persona a distinguirse del flujo incesante de sus propios pensamientos, más débil se vuelve el poder de la descripción habitual del mundo.

En algún momento se da cuenta de que las paredes de su prisión invisible no están hechas de piedra. Están hechas de pensamientos a los que se ha acostumbrado a creer, de miedos con los que se ha acostumbrado a estar de acuerdo, de ideas que nunca ha puesto en duda.

Y lo más sorprendente es que, para comenzar a liberarse, no es necesario destruir esas paredes. A veces basta con dejar de considerarlas los límites de toda la realidad existente.

Sin embargo, durante milenios la humanidad ha preferido debatir sobre la estructura de su propiacueva, en lugar de intentar salir de ella. Las personas discuten sobre la naturaleza de las sombras, crean enseñanzas sobre su origen, las dividen en verdaderas y falsas, pero rara vez reflexionan sobre que simplemente se puede girar la cabeza hacia la luz.

Pero para salir del propio espacio interior, hay que empezar al menos a llamar. Las personas ni siquiera hacen eso.

Y, sin embargo, el primer golpe ya es el comienzo del despertar. Es la primera duda sobre la verdad absoluta de los propios pensamientos. El primer intento de detener el diálogo interior. El primer minuto de silencio verdadero. La primera pregunta dirigida no al mundo que nos rodea, sino a uno mismo.

Y cuando por fin una persona se decide a hacerlo, le espera un descubrimiento asombroso.

La puerta que durante toda su vida consideró cerrada nunca estuvo cerrada.

Es más, se abre al primer golpe.
 
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