Decidí abrir un tema con pequeñas historias sobre sabios y maestros espirituales. Me conmueven especialmente los casos en que un acto común o unas pocas palabras nos hacen ver de otra manera algo habitual. Iré recopilando poco a poco historias así aquí. Si alguien tiene alguna favorita, que también la comparta.
Comenzaré con Ramana Maharshi y los mangos. Este episodio aparece en la revista del ashram "The Mountain Path", en el artículo "Sri Ramana’s Universal Love". Lo contaré con mis propias palabras.
Un día, en la cocina del ashram, hicieron falta varios mangos verdes. Los trabajadores tomaron palos largos y empezaron a golpear las ramas para hacer caer los frutos. Junto con los mangos caían hojas y se rompían ramas.
Ramana oyó los golpes desde la sala y, por medio de un ayudante, indicó que no lo hicieran así. Más tarde salió a dar su paseo habitual. Bajo los árboles yacían hojas y ramas arrancadas, y la recolección aún continuaba.
Entonces detuvo bruscamente a los trabajadores. El sentido de sus palabras era este: los árboles nos dan sus frutos, y nosotros, en agradecimiento, los golpeamos con palos. Incluso dijo con amargura que, ya puestos, podían cortar las raíces y acabar por completo con los árboles. Era un reproche por la crueldad, pues se podía haber recogido con cuidado solamente la cantidad de frutos necesaria.
Lo que me llamó la atención fue precisamente este detalle cotidiano: los mangos se recogían para la cocina del ashram. Todo parecía hacerse por una buena causa: había que alimentar a la gente. Y en una situación así es fácil fijarse solo en cuánto se ha recogido ya y considerar las ramas rotas una nimiedad... Ramana advirtió aquello que, con las prisas, quedó fuera de nuestra atención.
Después de esta historia, uno quiere tratar con un poco más de cuidado aquello que nos sirve cada día. El árbol, las cosas, el trabajo ajeno. A veces basta con hacer lo mismo, pero sin tanta brusquedad.
Comenzaré con Ramana Maharshi y los mangos. Este episodio aparece en la revista del ashram "The Mountain Path", en el artículo "Sri Ramana’s Universal Love". Lo contaré con mis propias palabras.
Un día, en la cocina del ashram, hicieron falta varios mangos verdes. Los trabajadores tomaron palos largos y empezaron a golpear las ramas para hacer caer los frutos. Junto con los mangos caían hojas y se rompían ramas.
Ramana oyó los golpes desde la sala y, por medio de un ayudante, indicó que no lo hicieran así. Más tarde salió a dar su paseo habitual. Bajo los árboles yacían hojas y ramas arrancadas, y la recolección aún continuaba.
Entonces detuvo bruscamente a los trabajadores. El sentido de sus palabras era este: los árboles nos dan sus frutos, y nosotros, en agradecimiento, los golpeamos con palos. Incluso dijo con amargura que, ya puestos, podían cortar las raíces y acabar por completo con los árboles. Era un reproche por la crueldad, pues se podía haber recogido con cuidado solamente la cantidad de frutos necesaria.
Lo que me llamó la atención fue precisamente este detalle cotidiano: los mangos se recogían para la cocina del ashram. Todo parecía hacerse por una buena causa: había que alimentar a la gente. Y en una situación así es fácil fijarse solo en cuánto se ha recogido ya y considerar las ramas rotas una nimiedad... Ramana advirtió aquello que, con las prisas, quedó fuera de nuestra atención.
Después de esta historia, uno quiere tratar con un poco más de cuidado aquello que nos sirve cada día. El árbol, las cosas, el trabajo ajeno. A veces basta con hacer lo mismo, pero sin tanta brusquedad.