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Este artículo será útil para quienes hayan realizado o estén pensando en realizar el curso «Campos energéticos. Campos Ra» - Descripción de todos los cursos de pago de la Escuela
Roger Penrose es un matemático y físico matemático británico, uno de los pensadores más conocidos de los siglos XX y XXI en los ámbitos de la relatividad general, la cosmología y la naturaleza de la conciencia. Nació el 8 de agosto de 1931 en Colchester, Inglaterra.
Amigo de Stephen Hawking.
Este artículo recoge las ideas de Roger Penrose.
No estás hecho de partículas. Eres un patrón del universo
Estamos acostumbrados a pensar en nosotros mismos como algo sólido y separado.
Como un cuerpo compuesto de átomos.
Como un conjunto de partículas diminutas: electrones, protones, neutrones, quarks, como si en lo más profundo del mundo hubiera pequeños ladrillos del ser con los que se hubiera construido todo lo demás.
Esta imagen resulta cómoda. Ha arraigado firmemente en los libros de texto escolares, en los documentales de divulgación científica y en nuestra propia imaginación. Pero la física moderna muestra que esta imagen es demasiado burda y simplificada.
En el nivel fundamental, la realidad está constituida de otra manera.
No partículas, sino campos
La teoría cuántica de campos nos dice algo radical: en la base del mundo no se encuentran “cosas”, sino campos.
Un campo no es un objeto situado en algún lugar. Es aquello que tiene un valor en cada punto del espacio. La temperatura de una habitación es un ejemplo de campo: en cada punto existe un valor propio de temperatura. El campo magnético de la Tierra también es un campo: en cada punto del espacio tiene una magnitud y una dirección.
Según la física moderna, a cada tipo de “partícula” le corresponde un campo propio que llena todo el universo.
Existe un campo electrónico.
Existen campos de quarks.
Existe un campo fotónico.
Y aquello que llamamos partícula no es una pequeña esfera que vuela en el vacío, sino una excitación local del campo, una ondulación estable, un nudo, una onda, un proceso temporal.
Un electrón no es un objeto diminuto.
Es una excitación del campo electrónico.
Un fotón es una excitación del campo fotónico.
Lo que nos parece una “cosa” resulta ser, en un nivel profundo, un patrón en la estructura continua de la realidad.
Una onda sin una sustancia propia
Imagina el océano.
Cuando una ola recorre su superficie, no pensamos que la ola esté hecha de una “sustancia de la ola” especial. La ola no es un objeto independiente. Es una forma del movimiento de la propia agua. El agua sigue siendo agua, pero en ella surge una estructura que se desplaza, conserva su forma y por eso se percibe como algo autónomo.
Lo mismo ocurre con aquello que llamamos partículas.
No existen como pequeñas entidades sólidas ocultas dentro de la materia. Se parecen más a oscilaciones estables en los campos que llenan todo el espacio. Por eso es más correcto hablar no de “ladrillos del mundo”, sino de patrones que surgen en el tejido profundo de la realidad.
Y aquí la imagen habitual empieza a desmoronarse.
Por qué todos los electrones son iguales
Si pensamos el mundo como un conjunto de objetos, surge una pregunta extraña: ¿por qué todos los electrones son absolutamente iguales? ¿Por qué un electrón no es un poco más rojo que otro, ni pesa un cabello más, ni se vuelve más caprichoso los lunes?
La teoría cuántica de campos ofrece una respuesta elegante: porque no son objetos pequeños diferentes, sino excitaciones de un mismo campo. Todos los electrones son iguales por la misma razón por la que son iguales las notas de una misma cuerda cuando se excita de la misma manera.
Ya no se trata de un universo mecánico hecho de bolitas, sino más bien de una partitura cósmica en la que formas estables de oscilación crean aquello que llamamos materia.
El vacío no está vacío
El pensamiento cotidiano divide el mundo en dos partes: está la materia y, entre ella, el vacío. Pero esto también resulta ser un error.
En la teoría cuántica de campos, el vacío no es la nada. No está vacío. Está lleno de campos incluso allí donde nos parece que “no hay nada”. Estos campos pueden fluctuar. El vacío tiene estructura. No es un fondo muerto, sino una base activa.
Una de las pruebas de ello es el efecto Casimir: entre dos placas metálicas muy próximas aparece una fuerza medible relacionada con las fluctuaciones cuánticas del campo. No es una fantasía ni una metáfora poética, sino un efecto físico.
Por tanto, el universo no es materia flotando en el vacío.
Son campos en los que a veces surgen formas estables.
No eres una cosa, sino un proceso
Si los campos son fundamentales y las “partículas” son solo excitaciones locales de estos, entonces el ser humano también aparece bajo una nueva luz.
Tu cuerpo no es un objeto inmóvil con límites estrictos. Se parece más a un remolino en un río. El remolino parece una forma separada, pero no está compuesto de una “agua especial de remolino”. El agua que lo forma cambia constantemente, mientras que la forma se conserva durante cierto tiempo.
Lo mismo ocurre con el cuerpo.
Los átomos llegan y se van.
Las moléculas se descomponen y vuelven a formarse.
Las células nacen y mueren.
La materia del cuerpo se renueva continuamente.
Y, sin embargo, algo permanece.
Por consiguiente, tu identidad no es un conjunto de átomos concretos. Es una estructura, una organización, un patrón dinámico que se mantiene a lo largo del tiempo.
No eres un objeto estático.
Eres un proceso.
La llama como imagen de la personalidad
Hay otra buena imagen: la llama de una vela.
Nos parece que es el mismo fuego. Pero si nos fijamos, queda claro que las moléculas de gas que participan en la combustión cambian constantemente. La llama sigue siendo ella misma no porque conserve el mismo material, sino porque conserva el propio proceso de combustión.
En cierto sentido, el ser humano también se parece a esa llama.
La personalidad, el cuerpo y la conciencia no son una “cosa” inmutable, sino un flujo estable, aunque constantemente renovado, de organización. No un almacén de piezas, sino una configuración viva.
Esto cambia no solo la física, sino también la filosofía del ser humano.
La frontera entre tú y el mundo no es tan rígida
Estamos acostumbrados a pensar: aquí estoy yo y ahí está el entorno. Aquí está la piel, y aquí termino yo. Pero, en el nivel físico profundo, estos límites no son tan fundamentales como parecen.
Los fotones pasan continuamente a través de ti.
Las partículas del aire interactúan con tu cuerpo.
Los campos electromagnéticos te conectan con el entorno.
Los campos cuánticos que subyacen a tu cuerpo son los mismos campos que existen en las estrellas, en el gas interestelar y en las galaxias lejanas.
Esto no significa que la personalidad desaparezca ni que la ciencia confirme sin más todas las fórmulas místicas. Pero significa otra cosa: la separación no es absoluta. En el nivel más profundo, no eres un fragmento autónomo de materia arrojado a un universo ajeno. Eres una forma local de la misma realidad que se desplegó en las estrellas y las nebulosas.
La conciencia como patrón de gran complejidad
Esto resulta especialmente asombroso cuando se habla de la conciencia.
El cerebro es una de las estructuras conocidas más complejas del universo. Contiene unos 86.000 millones de neuronas, cada una de las cuales está conectada con miles de otras. Las señales eléctricas, las reacciones químicas, los flujos de iones y la reorganización de las conexiones crean un sistema dinámico de una complejidad increíble.
En el nivel fundamental, estos procesos también obedecen a las mismas leyes de la física. El movimiento de las cargas, las interacciones químicas y las transiciones energéticas están arraigados en la misma realidad física de la que están hechas las estrellas.
De aquí surge una idea grandiosa: la conciencia no es algo que haya caído en el mundo desde fuera, sino una de las formas de organización del propio universo.
La realidad, al alcanzar cierto grado de complejidad, comienza a observarse a sí misma.
Naturalmente, aquí también hay que ser cautelosos. La ciencia aún no sabe definitivamente cómo surge exactamente la experiencia subjetiva. Todavía no hemos resuelto el misterio de la conciencia. Pero ya está claro que la conciencia no está separada del mundo físico por un muro infranqueable. No cuelga aparte de la materia como un fantasma sobre una máquina. Está vinculada a los procesos más profundos de la organización.
De las estrellas a las células, de las células a los pensamientos
Aquí reside una de las verdades más hermosas de la ciencia moderna.
Los elementos pesados de tu cuerpo —carbono, oxígeno, hierro, calcio— no aparecieron de inmediato. Se crearon en el interior de las estrellas y fueron expulsados al espacio durante la evolución estelar y las explosiones de supernovas. Después, a partir de esta materia se formaron nuevos sistemas estelares, planetas, océanos, la química de la vida, células, organismos, sistemas nerviosos y cerebros.
Tu cuerpo es una historia cósmica convertida en biología.
Tu cerebro es materia estelar que aprendió a pensar.
Tu conciencia es un universo antiguo que abrió los ojos por un breve instante.
No es casualidad que la frase de Carl Sagan —“somos el medio por el que el cosmos se conoce a sí mismo”— suene no solo hermosa, sino casi literalmente cierta.
Pero hay una importante advertencia
Aquí es especialmente importante no cruzar la frontera entre la ciencia y la fantasía inspirada.
Sí, la teoría cuántica de campos cambia profundamente nuestra concepción del mundo.
Sí, el lenguaje de las “cosas” describe cada vez peor la realidad fundamental.
Sí, en cierto sentido el ser humano es realmente un patrón estable, y no un conjunto de partículas inmutables.
Pero algunas conclusiones audaces requieren cautela.
Por ejemplo, la afirmación de que “las partículas no existen en absoluto” puede ser útil como fórmula llamativa, pero, en el sentido estricto de la física, es demasiado tajante. En la teoría moderna, a menudo se llama partículas precisamente a los cuantos de excitación del campo, y este lenguaje funciona perfectamente. Por eso es más correcto decir no que “las partículas son una ilusión completa”, sino que las partículas no son pequeñas esferas fundamentales, como solemos imaginarlas.
Qué cambia en última instancia para nosotros
La consecuencia más importante de esta visión no es solo científica, sino también existencial.
Si el mundo no está compuesto de objetos aislados, sino de procesos interconectados, entonces también hay que entender al ser humano de otra manera. No somos simplemente “objetos entre objetos”. Somos formas temporales, aunque extraordinariamente complejas, de organización de la realidad cósmica.
No eres una piedra que por casualidad adquirió pensamientos.
Eres un proceso en el que el universo alcanzó la capacidad de preguntarse por sí mismo.
Esto no empequeñece al ser humano. Al contrario.
Sí, somos temporales.
Sí, nuestro patrón algún día se desintegrará.
Sí, la forma que llamamos “yo” no es eterna en su estado actual.
Pero el tejido mismo de la realidad del que surgimos no desaparece. Los campos permanecen. El cosmos permanece. Las leyes permanecen. Y aquello que durante un breve instante se convirtió en ti no fue un acontecimiento ajeno al universo, sino uno de sus propios gestos.
No eres simplemente materia
Y quizá esto sea precisamente lo que conviene recordar.
No la imagen escolar del átomo como un sistema solar en miniatura.
No la mecánica ingenua de esferas sólidas.
No la idea burda de que el ser humano es simplemente un montón de materia.
En un nivel más profundo, no eres una cosa.
Eres un patrón.
Eres un proceso.
Eres una sinfonía temporal de interacciones.
Eres la forma que el universo adopta durante un breve y luminoso instante para escuchar su propia música.
En general, este vídeo puede escucharse como una meditación.
Te aseguro que, después de 25 minutos de escucha, tu conciencia se expandirá.
Roger Penrose es un matemático y físico matemático británico, uno de los pensadores más conocidos de los siglos XX y XXI en los ámbitos de la relatividad general, la cosmología y la naturaleza de la conciencia. Nació el 8 de agosto de 1931 en Colchester, Inglaterra.
Amigo de Stephen Hawking.
Este artículo recoge las ideas de Roger Penrose.
No estás hecho de partículas. Eres un patrón del universo
Estamos acostumbrados a pensar en nosotros mismos como algo sólido y separado.
Como un cuerpo compuesto de átomos.
Como un conjunto de partículas diminutas: electrones, protones, neutrones, quarks, como si en lo más profundo del mundo hubiera pequeños ladrillos del ser con los que se hubiera construido todo lo demás.
Esta imagen resulta cómoda. Ha arraigado firmemente en los libros de texto escolares, en los documentales de divulgación científica y en nuestra propia imaginación. Pero la física moderna muestra que esta imagen es demasiado burda y simplificada.
En el nivel fundamental, la realidad está constituida de otra manera.
No partículas, sino campos
La teoría cuántica de campos nos dice algo radical: en la base del mundo no se encuentran “cosas”, sino campos.
Un campo no es un objeto situado en algún lugar. Es aquello que tiene un valor en cada punto del espacio. La temperatura de una habitación es un ejemplo de campo: en cada punto existe un valor propio de temperatura. El campo magnético de la Tierra también es un campo: en cada punto del espacio tiene una magnitud y una dirección.
Según la física moderna, a cada tipo de “partícula” le corresponde un campo propio que llena todo el universo.
Existe un campo electrónico.
Existen campos de quarks.
Existe un campo fotónico.
Y aquello que llamamos partícula no es una pequeña esfera que vuela en el vacío, sino una excitación local del campo, una ondulación estable, un nudo, una onda, un proceso temporal.
Un electrón no es un objeto diminuto.
Es una excitación del campo electrónico.
Un fotón es una excitación del campo fotónico.
Lo que nos parece una “cosa” resulta ser, en un nivel profundo, un patrón en la estructura continua de la realidad.
Una onda sin una sustancia propia
Imagina el océano.
Cuando una ola recorre su superficie, no pensamos que la ola esté hecha de una “sustancia de la ola” especial. La ola no es un objeto independiente. Es una forma del movimiento de la propia agua. El agua sigue siendo agua, pero en ella surge una estructura que se desplaza, conserva su forma y por eso se percibe como algo autónomo.
Lo mismo ocurre con aquello que llamamos partículas.
No existen como pequeñas entidades sólidas ocultas dentro de la materia. Se parecen más a oscilaciones estables en los campos que llenan todo el espacio. Por eso es más correcto hablar no de “ladrillos del mundo”, sino de patrones que surgen en el tejido profundo de la realidad.
Y aquí la imagen habitual empieza a desmoronarse.
Por qué todos los electrones son iguales
Si pensamos el mundo como un conjunto de objetos, surge una pregunta extraña: ¿por qué todos los electrones son absolutamente iguales? ¿Por qué un electrón no es un poco más rojo que otro, ni pesa un cabello más, ni se vuelve más caprichoso los lunes?
La teoría cuántica de campos ofrece una respuesta elegante: porque no son objetos pequeños diferentes, sino excitaciones de un mismo campo. Todos los electrones son iguales por la misma razón por la que son iguales las notas de una misma cuerda cuando se excita de la misma manera.
Ya no se trata de un universo mecánico hecho de bolitas, sino más bien de una partitura cósmica en la que formas estables de oscilación crean aquello que llamamos materia.
El vacío no está vacío
El pensamiento cotidiano divide el mundo en dos partes: está la materia y, entre ella, el vacío. Pero esto también resulta ser un error.
En la teoría cuántica de campos, el vacío no es la nada. No está vacío. Está lleno de campos incluso allí donde nos parece que “no hay nada”. Estos campos pueden fluctuar. El vacío tiene estructura. No es un fondo muerto, sino una base activa.
Una de las pruebas de ello es el efecto Casimir: entre dos placas metálicas muy próximas aparece una fuerza medible relacionada con las fluctuaciones cuánticas del campo. No es una fantasía ni una metáfora poética, sino un efecto físico.
Por tanto, el universo no es materia flotando en el vacío.
Son campos en los que a veces surgen formas estables.
No eres una cosa, sino un proceso
Si los campos son fundamentales y las “partículas” son solo excitaciones locales de estos, entonces el ser humano también aparece bajo una nueva luz.
Tu cuerpo no es un objeto inmóvil con límites estrictos. Se parece más a un remolino en un río. El remolino parece una forma separada, pero no está compuesto de una “agua especial de remolino”. El agua que lo forma cambia constantemente, mientras que la forma se conserva durante cierto tiempo.
Lo mismo ocurre con el cuerpo.
Los átomos llegan y se van.
Las moléculas se descomponen y vuelven a formarse.
Las células nacen y mueren.
La materia del cuerpo se renueva continuamente.
Y, sin embargo, algo permanece.
Por consiguiente, tu identidad no es un conjunto de átomos concretos. Es una estructura, una organización, un patrón dinámico que se mantiene a lo largo del tiempo.
No eres un objeto estático.
Eres un proceso.
La llama como imagen de la personalidad
Hay otra buena imagen: la llama de una vela.
Nos parece que es el mismo fuego. Pero si nos fijamos, queda claro que las moléculas de gas que participan en la combustión cambian constantemente. La llama sigue siendo ella misma no porque conserve el mismo material, sino porque conserva el propio proceso de combustión.
En cierto sentido, el ser humano también se parece a esa llama.
La personalidad, el cuerpo y la conciencia no son una “cosa” inmutable, sino un flujo estable, aunque constantemente renovado, de organización. No un almacén de piezas, sino una configuración viva.
Esto cambia no solo la física, sino también la filosofía del ser humano.
La frontera entre tú y el mundo no es tan rígida
Estamos acostumbrados a pensar: aquí estoy yo y ahí está el entorno. Aquí está la piel, y aquí termino yo. Pero, en el nivel físico profundo, estos límites no son tan fundamentales como parecen.
Los fotones pasan continuamente a través de ti.
Las partículas del aire interactúan con tu cuerpo.
Los campos electromagnéticos te conectan con el entorno.
Los campos cuánticos que subyacen a tu cuerpo son los mismos campos que existen en las estrellas, en el gas interestelar y en las galaxias lejanas.
Esto no significa que la personalidad desaparezca ni que la ciencia confirme sin más todas las fórmulas místicas. Pero significa otra cosa: la separación no es absoluta. En el nivel más profundo, no eres un fragmento autónomo de materia arrojado a un universo ajeno. Eres una forma local de la misma realidad que se desplegó en las estrellas y las nebulosas.
La conciencia como patrón de gran complejidad
Esto resulta especialmente asombroso cuando se habla de la conciencia.
El cerebro es una de las estructuras conocidas más complejas del universo. Contiene unos 86.000 millones de neuronas, cada una de las cuales está conectada con miles de otras. Las señales eléctricas, las reacciones químicas, los flujos de iones y la reorganización de las conexiones crean un sistema dinámico de una complejidad increíble.
En el nivel fundamental, estos procesos también obedecen a las mismas leyes de la física. El movimiento de las cargas, las interacciones químicas y las transiciones energéticas están arraigados en la misma realidad física de la que están hechas las estrellas.
De aquí surge una idea grandiosa: la conciencia no es algo que haya caído en el mundo desde fuera, sino una de las formas de organización del propio universo.
La realidad, al alcanzar cierto grado de complejidad, comienza a observarse a sí misma.
Naturalmente, aquí también hay que ser cautelosos. La ciencia aún no sabe definitivamente cómo surge exactamente la experiencia subjetiva. Todavía no hemos resuelto el misterio de la conciencia. Pero ya está claro que la conciencia no está separada del mundo físico por un muro infranqueable. No cuelga aparte de la materia como un fantasma sobre una máquina. Está vinculada a los procesos más profundos de la organización.
De las estrellas a las células, de las células a los pensamientos
Aquí reside una de las verdades más hermosas de la ciencia moderna.
Los elementos pesados de tu cuerpo —carbono, oxígeno, hierro, calcio— no aparecieron de inmediato. Se crearon en el interior de las estrellas y fueron expulsados al espacio durante la evolución estelar y las explosiones de supernovas. Después, a partir de esta materia se formaron nuevos sistemas estelares, planetas, océanos, la química de la vida, células, organismos, sistemas nerviosos y cerebros.
Tu cuerpo es una historia cósmica convertida en biología.
Tu cerebro es materia estelar que aprendió a pensar.
Tu conciencia es un universo antiguo que abrió los ojos por un breve instante.
No es casualidad que la frase de Carl Sagan —“somos el medio por el que el cosmos se conoce a sí mismo”— suene no solo hermosa, sino casi literalmente cierta.
Pero hay una importante advertencia
Aquí es especialmente importante no cruzar la frontera entre la ciencia y la fantasía inspirada.
Sí, la teoría cuántica de campos cambia profundamente nuestra concepción del mundo.
Sí, el lenguaje de las “cosas” describe cada vez peor la realidad fundamental.
Sí, en cierto sentido el ser humano es realmente un patrón estable, y no un conjunto de partículas inmutables.
Pero algunas conclusiones audaces requieren cautela.
Por ejemplo, la afirmación de que “las partículas no existen en absoluto” puede ser útil como fórmula llamativa, pero, en el sentido estricto de la física, es demasiado tajante. En la teoría moderna, a menudo se llama partículas precisamente a los cuantos de excitación del campo, y este lenguaje funciona perfectamente. Por eso es más correcto decir no que “las partículas son una ilusión completa”, sino que las partículas no son pequeñas esferas fundamentales, como solemos imaginarlas.
Qué cambia en última instancia para nosotros
La consecuencia más importante de esta visión no es solo científica, sino también existencial.
Si el mundo no está compuesto de objetos aislados, sino de procesos interconectados, entonces también hay que entender al ser humano de otra manera. No somos simplemente “objetos entre objetos”. Somos formas temporales, aunque extraordinariamente complejas, de organización de la realidad cósmica.
No eres una piedra que por casualidad adquirió pensamientos.
Eres un proceso en el que el universo alcanzó la capacidad de preguntarse por sí mismo.
Esto no empequeñece al ser humano. Al contrario.
Sí, somos temporales.
Sí, nuestro patrón algún día se desintegrará.
Sí, la forma que llamamos “yo” no es eterna en su estado actual.
Pero el tejido mismo de la realidad del que surgimos no desaparece. Los campos permanecen. El cosmos permanece. Las leyes permanecen. Y aquello que durante un breve instante se convirtió en ti no fue un acontecimiento ajeno al universo, sino uno de sus propios gestos.
No eres simplemente materia
Y quizá esto sea precisamente lo que conviene recordar.
No la imagen escolar del átomo como un sistema solar en miniatura.
No la mecánica ingenua de esferas sólidas.
No la idea burda de que el ser humano es simplemente un montón de materia.
En un nivel más profundo, no eres una cosa.
Eres un patrón.
Eres un proceso.
Eres una sinfonía temporal de interacciones.
Eres la forma que el universo adopta durante un breve y luminoso instante para escuchar su propia música.
En general, este vídeo puede escucharse como una meditación.
Te aseguro que, después de 25 minutos de escucha, tu conciencia se expandirá.